PROPÓSITO DE NUESTRO PROGRAMA

GENERAR UN ESPACIO DE AUTOANÁLISIS, REFELXIÓN, TERAPIA Y CATARSIS A QUIENES ARAVIESAN POR SITUACIONES PROBLEMÁTICAS MUY PARTICULARES Y PRESENTAN DIFICULTAD PARA CONFIAR EN ALGUIEN SUS NECESIDADES PARA ENCONTRAR UNA SOLUCIÓN A LO QUE LE SUCEDE.

miércoles, 4 de abril de 2012


MI AMIGA DORITA



     Ya han pasado muchos años de que sucedió lo que hoy les cuento.

     Dorita mi amiga, tenía una familia algo grande pues se integraba de su papá, su mamá y tres hermanos que en total eran seis en la familia y ahora que ya pasaron los años digo que era familia grande principalmente porque su papá tomaba mucho y casi no los atendía se la pasaba tomando con sus amigos, y su esposa y sus hijos necesitaban cosas en la casa y para la escuela y él no se las daba.

     Aunque en esta historia digo que Dorita era mi amiga, lo cierto es que nomás éramos compañeras de escuela, éramos unas chiquillas que nomás en la escuela conpartíamos; saliendo de allí cada quien nos íbamos pa las casas.

     Lo que recuerdo de Dorita es que estábamos en sesto año de la primaria y una vez estábanos en clases; el maestro nos explicó la lección de esa mañana y luego nos puso un ejercicio para que lo hiciéranos, no me acuerdo si de español o matemáticas. Todos estábanos en silencio muy entretenidos con el trabajo cuando de pronto alguno de los compañeros nos distrajo diciéndole al maestro que Dorita estaba llorando; pero como no se oía a nadien llorar el maestro no hacía caso y seguía la clase pero como le siguieron diciendo al maestro que Dorita estaba llorando el maestro se arrimó al asiento de mi amiga y le preguntó que qué le pasaba, que por qué lloraba, Dorita no respondía pero tampoco se oía que llorara.

     El maestro siguió preguntando a la niña que por qué lloraba, que si le dolía algo o necesitaba ir al baño, pero no había respuesta, total, que seguimos trabajando con el ejercicio, el maestro nos revisó leímos las respuestas y se hicieron comentarios y por lo visto el llanto de Dorita se acabó.

     Días más tarde andaba jugando con Dorita en la hora del recreo y me acordé de aquél día en que dijeron que lloraba y le pregunté qué había pasado que si era cierto que estaba llorando y porqué no le respondió al maestro; mi amiga me dijo que cuando salimos al recreo el maestro se acercó a ella y empezaron a platicar de diferentes cosas hasta que el maestro le preguntó que porqué estaba llorando y ella lo primero que le dijo al maestro fue: “es que en la casa ya no se puede vivir” el maestro le preguntó que por qué decía eso si ella era una niña y no podía decir eso; entonces dice mi amiga que le platicó que es que en su casa había muchos pleitos, que como vivían dos o tres familias allí mismo había muchos problemas y que todos se peleaban casi a diario que nadie se respetaba, que daba miedo porque se peleaban a palabras y a golpes y que casi siempre era porque su papá se emborrachaba y no había que comer.

     Además que por tanto pleito el diablo estaba metido en su casa que no sabía si los grandes se daban cuenta pero que ella casi no dormía porque casi todas las noches cuando se iban a dormir apenas apagaban las luces los muebles se empezaban a mover, los roperos se abrían, las camas se arrastraban y se oían muchos ruidos que la hacían seguir despierta llena de miedo, y que a veces hasta las cobijas le quitaban.

     “Eso es muy seguido y a mí me da mucho miedo a veces quisiera decirle a mi tía que duerme en el otro cuarto pero no me va a creer porque mis hermanitos como están chiquitos aunque duermen conmigo no se dan cuenta y está mejor porque si no, no dormirían.

     Mi amiga me contó que cuando ya le platicó todo al maestro él le dijo que no hiciera caso a los problemas de los mayores que ellos como adultos deberían solucionarlos aunque entendía que las consecuencias de las dificultados de los adultos de esa familia estaba afectando la vida de todos y principalmente de los niños; que el maestro le dijo que todo lo que le pasaba se lo platicara a su mamá, a su abuelita o a alguien de la familia a la que le tenga confianza.

     Cuando Dorita me acabó de platicar me dijo y tú Toña no tienes miedo en la noche cuando te acuestas, o en tu casa no se pelean tu papá y tu mamá.

     No, le contesté, mi papá y mi mamá se llevan bien nos quieren mucho y a lo mejor si se enojan pero ellos arreglan solos sus problemas.

     Cuando Dorita me platicó como vivían en su casa me acordé que ella era muy pelionera y no se dejaba de nadie, siempre traía las uñas largas y con ellas se defendía cuando se peleaban con otras niñas.

     La vida de Dorita y la mía siguieron; salimos de sesto y pasamos a la secundaria allá ya no nos juntábanos ella tenía unas amigas y yo tenía otras además que vivíamos en diferentes barrios pero ya los años pasaron ya crecimos, nos casamos y tenemos nuestros hijos espero que los podamos educar mejor para que sean buenos hijos, trabajadores y dedicados al estudio, creo que sí lo podemos lograr.

     El otro día me dio gusto saludar a mi amiga ya grande andaba con su papá y aunque él está muy enfermo parece que todavía no deja de tomar, se sigue emborrachando aunque ha estado muy grave como que no entiende y sigue tomando, pero a pesar de todo eso yo veo que mi amiga lo quiere mucho porque lo acompaña a donde él necesita ir, ojalá siempre sea una buena hija.

      Es una historia muy chiquita espero les guste.

     Gracias, soy Antonia.

MI VIDA EN LA ESCUELA PRIMARIA



     Voy a contar un poco lo que me ocurrió en la escuela primaria.

     Primero quiero contarles que desde muy pequeño mi papá se murió y nos quedamos nomás con mi mamá; éramos varios hermanos: éramos dos hombres y tres mujeres yo casi era de los más chicos nomás mi hermana Martina era la más chiquita que yo, ella estaba muy chiquita cuando mi papá se murió.

     A lo mejor como mi papá ya no vivía yo me hice muy caprichoso pero en la casa más o menos sí hacía caso era juguetón y todo, me gustaba cuidar las chivas pero también me gustaba ir a la escuela aunque a veces faltaba por irme con las chivas, me acuerdo que no estaba muy atrasado sabía poquito iba más o menos, no andaba muy limpio pero más o menos, me asiaba porque mi hermana la más grande nos cuidaba junto con mi mamá, aunque a veces como hacía frío el agua fría nos calaba y renegábamos para lavarnos pero también mi hermano Luciano que  era como nuestro papá nos hacía que nos laváramos porque no le gustaba que anduviéramos cochinos; él también nos ayudaba a cuidar las chivas él y mi hermano Esteban los dos ayudaban a cuidar las chivas; pero también tenían que salir a buscar trabajo porque aquí en el rancho nomás cuidando las chivas no se podía; tenían que buscar otra manera por eso a veces se iban a Saltillo a trabajar.

     Yo iba más o menos en la escuela, sabía poquito, pero como les digo era muy caprichoso y ya cuando estaba más grandecillo estaba en sesto y una vez los maestros de la escuela hicieron campaña pa’ que anduviéramos limpios yo sí iba más o menos limpio a veces me aterraba por jugar a las canicas pero nomás sí me asiaba lo que me gustaba era trai el pelo grande no quería cortármelo y ya cuando los maestros llegaron conmigo a revisarme me dijieron que me iban a cortar el pelo si no me lo cortaba y como yo era caprichoso y me gustaba trai el pelo largo no me lo corté. Entonces un día una maestra quiso cortármelo con sus tijeras y yo me enojé no me dejé que me lo cortara yo creo que no era malo trailo largo porque yo no era tan desordenado nomás me gustaba trai el pelo largo pero la maestra se enojó mucho porque no me dejé cortármelo y me corrieron de la escuela; mi mamá se enojó pero yo decía que no era malo trai el pelo largo aunque ya después me lo corté, pero ya no quise ir a la escuela porque me habían corrido, yo le echaba ganas pero me corrieron y me desanimé o a la mejor me encapriché y ya no fui.

     Cuando pasaba por la escuela me daba un poco de tristeza porque mis amigos si seguían en las clases pero yo ya no, ya no me querían y así pasó el año y no terminé sesto y pasó otro año y yo nomás cuidando las chivas; a veces me rodiaba por la escuela pero ya no entraba aunque ya había otros maestros pero yo ya estaba más grande y me daba vergüenza entrar otra vez.

     Así fue pasando el tiempo y ya otros niños me habían ganado me dejaron atrás por no querer ir a la escuela, pero un día me acerqué y una maestra que yo no conocía me habló, me daba vergüenza acercarme pero de todos modos fui con ella me dijo que si no estaba en la escuela que porqué nomás andaba en la calle, que ella me veía todos los días pasar por ahí, que porqué no estudiaba; le platiqué lo que me pasó y me dijo que fuera que ella tenía los niños de sesto que ella me ayudaba, pero yo no quería me daba vergüenza además ya eran otros niños. Seguí pasando por la escuela y la maestra haciendo la lucha para que yo estudiara pero yo le decía que ya me habían corrido, pero me decía ella que me iba a apoyar que iba a hablar con el director y que tenía que aceptarme y así lo hice; un día le platiqué a mi mamá; ella tampoco conocía a la maestra porque era nueva en la escuela, pero me dijo que si me invitaba que fuera porque después ya más grande menos iba querer ir a la escuela.

     Algunas cosas ya se me habían olvidado porque ya había pasado más de un año y yo nomás rodiando la escuela y cuidando las chivas.

     Por fin me animé y con pena un día fui a la escuela yo estaba muy atrasado por el tiempo que había perdido pero lo que me decía la maestra era que yo era muy preguntón y sí, como no sabía, andaba pregunte y pregunte y como la maestra era buena no se enojaba y me apoyaba, me explicaba las cosas; así terminé la primaria, ya muy largo, pero me gustaba y ya no me daba pena.

     Cuando salí de sesto le pregunté a la maestra si la haría en la secundaria y me dijo que sí, que solamente le pusiera mucho empeño como este año y todo lo que no entendiera lo preguntara aunque algunos maestros se molestaran pero que me tenían que esplicar y así entré a la secundaria y la acabé.

     Pasó el tiempo crecí y un día mi mamá también murió y nos dejó solos nomás con mi hermana la grande y mi hermano que seguía en Saltillo y nos ayudaba, nos echaba vueltas y si nos habíamos portado mal nos regañaba era como nuestro papá.

     Pasaron muchos años y al fin yo ya grande me casé y formé mi familia y tuve que trabajar para sostenerlos le eché ganas y salí adelante pero batallé un poco, ahora quiero que mis hijos aprovechen la escuela que estudien y sean alguien en la vida.

     Deseo les guste lo que les conté que a la mejor estuvo un poco triste pero ya pasó yo me llamo Rubén y espero les guste.

Gracias.

UN DÍA
Hace ya algún tiempo, cuando estaba en segundo grado de la universidad, uno de mis maestros siempre me decía que fuera feliz. Yo no le entendía porque en aquel entonces ni siquiera me ponía a pensar si la gente era feliz o infeliz.

Mi mejor amiga me decía que el maestro estaba enamorado de mí, y yo pensaba que estaba loca, pero algo en  mi interior se sentía agradecido. En una ocasión el maestro después de la clase me mandó hablar y me dijo que me iba a dar algo para que entendiera lo que él me quería decir sobre ser feliz, y me obsequió un libro: La Tregua, de Mario Benedetti. Lo leí y lo disfruté mucho al igual que toooodos los libros que leía en aquel entonces; aunque debo mencionar que si me impactó mucho la parte del clímax, fue algo inesperado, y completamente fuera de mi contexto mental por lo que traté de dejarlo en el olvido pero sin lograrlo. Y claro que no entendí la analogía de los comentarios del profesor sobre ser feliz, con la historia del libro.

Después me casé, hice mi vida y ya no supe del profesor hasta cinco años después aproximadamente, cuando me enteré que contrajo nupcias con la entonces directora de la escuela donde realicé mi primera carrera universitaria.

Años más tarde, por razones muy personales, me encontraba buscando empleo y acudí a la bolsa de trabajo de mi ex escuela, haciendo hincapié al solicitar empleo, que no importaba dónde fuera. La aún directora de la escuela, esposa del maestro que me obsequió el libro,  me hizo un ofrecimiento para irme a Tabasco, se trata de una gran oportunidad, con un sobre sueldo para mi profesión. Su esposo, mi ex maestro, indirectamente me mandó decir que no me fuera, que seguramente acá en mi tierra iba a haber algo mejor para mí, yo confié más en él y rechacé el ofrecimiento. Luego yo regresé a mi pueblo y mi vida continuó como antes.

A lo largo de mi vida, en ocasiones diversas he recordado el momento de más impacto de aquel libro, sorprendiéndome igual y aún preguntándome qué relación tiene conmigo. De hecho, la semana pasada estuve pensando en ello, es decir, muchos años después de que lo leí.

Ahora me compartieron una película llamada One day con Anne Hathaway, acabo de verla, es una historia hasta cierto punto parca, pero muy impactante y sorprendente en su desenlace. No pude evitar recordar la vieja historia del libro y todo lo que sucedió para que llegara a mí. No es pertinente contar las historias vistas, que aunque muy diferentes entre sí, en esencia son las mismas. Es difícil establecer qué relación tienen con mi vida pero es algo que me dolió extrañamente y que me hizo derramar muchas lágrimas en aquel entonces al leerla y ahora al verla.

Sin embargo, algo dentro de mí ha cambiado, algo se sanó o se transformó porque me siento en paz. No le entiendo, no sé qué es, pero una parte de mi sí lo sabe y confío en ella. Seguramente es esa parte que dicen “se conecta con la divinidad”. Lo que quiero decir con todo esto, es que me he dado cuenta que de alguna manera todo tiene relación conmigo, que todo es un aprendizaje, porque sí se puede aprender en cabezas ajenas aunque sea un libro, una película o una canción. Y que, por lo tanto, estoy aprendiendo a confiar en los procesos observados en mi vida, porque aunque a veces no me gustan, o me duelen, o no los entiendo, siempre, invariablemente, son para bien y estoy consciente de ello.

UNA MUJR FUERTE


Una mujer fuerte es una mujer esforzada.

Una mujer fuerte es una mujer que se sostiene de puntillas

y levanta unas pesas mientras intenta cantar Boris Godunov...

Una mujer fuerte es una mujer "manos a la obra"

limpiando el pozo negro de la historia.

Y mientras saca la porquería con la pala

habla de que no le importa llorar,

porque abre los conductos de los ojos...

Ni vomitar, porque estimula los músculos del estómago...

Y sigue dando paladas, con lágrimas en la nariz.

Una mujer fuerte es una mujer con una voz en la cabeza,

que le repite: "Te lo dije: sos fea, sos mala, sos tonta...

nadie más te va a querer nunca".

"¿Por qué no eres femenina,

por qué no eres suave y discreta...

por qué no estás muerta...?".

Una mujer fuerte es una mujer empeñada

en hacer algo que los demás están empeñados en que no se haga.

Está empujando la tapa de plomo de un ataúd desde adentro.

Está intentando levantar con la cabeza la tapa de una alcantarilla.

Está intentando romper una pared de acero a cabezazos...

Le duele la cabeza.

La gente que espera a que haga el agujero,

le dice:"date prisa...¡eres tan fuerte...!"

Una mujer fuerte es una mujer que sangra por dentro.

Una mujer fuerte es una mujer que se hace a sí misma.

Fuerte cada mañana mientras se le sueltan los dientes

y la espalda la destroza.

"Cada niño, un diente...", solían decir antes.

Y ahora "por cada batalla... una cicatriz".

Una mujer fuerte es una masa de cicatrices

que duelen cuando llueve.

Y de heridas que sangran cuando se las golpea.

Y de recuerdos que se levantan por la noche

y recorren la casa de un lado a otro, calzando botas...

Una mujer fuerte es una mujer que ansía el amor

como si fuera oxígeno, para no ahogarse...

Una mujer fuerte es una mujer que ama con fuerza

y llora con fuerza...

Y se aterra con fuerza y tiene necesidades fuertes...

Una mujer fuerte es fuerte en palabras, en actos,

en conexión, en sentimientos...

No es fuerte como la piedra

sino como la loba amamantando a sus cachorros.

La fuerza no está en ella,

pero la representa como el viento llena una vela.

Lo que la conforta es que los demás la amen,

tanto por su fuerza como por la debilidad de la que ésta emana,

como el relámpago de la nube.

El relámpago deslumbra, llueve, las nubes se dispersan

Sólo permanece el agua de la conexión, fluyendo con nosotras.

Fuerte es lo que nos hacemos unas a otras.

Hasta que no seamos fuertes juntas

una mujer fuerte es una mujer fuertemente asustada...


Marge Piercy

EL NIÑO DE LA CRUZ ROJA
Hace años, cuando estuve en la Cruz Roja, aproximadamente por los años 89 o 90, los muchachos hablaban que se aparecía un niño en las instalaciones de la delegación, en el patio trasero donde colindaba la cruz roja con la Escuela de Enfermería.
 Un día. . .  se acercaba un agosto, y andaban los muchachos en la ambulancia,  en los desfiles  de las presentaciones de las candidatas a Reina de la Feria de la Uva de nuestro pueblo, por lo tanto cuando yo llegué a la delegación; no había nadie, estaba solo.
Honestamente en ese instante no presentí nada, me metí yo al dormitorio y de ratito se escuchó un ruidito, como que aventaban tres piedritas chiquitas a la pared, esa, según contaban, era la señal de cuando el niño se iba a aparecer, era muy conocido cuando eso iba a pasar porque, como que te avisaba o te invitaba a que salieras a ver.
Y efectivamente, esa noche, recuerdo mucho que me puse a tocar guitarra, yo no sé tocar, pero de los nervios porque estaba yo solo, pues traté de distraerme con eso.
De pronto escuché los ruiditos y salí a ver qué era y por el instinto miré hacia la parte sur de la Escuela de Enfermería y efectivamente ahí estaba sentado en una bardita que dividía la escuela de y la Cruz Roja, y era muy curiosito porque me hacía con el dedito medio que fuera.

Me metí de volada y me comuniqué con los muchachos por radio; para preguntar en dónde andaban, para solicitarles que no dejaran sola la delegación; porque de repente timbraba el teléfono o el radio o cosas así, a lo que ellos me respondieron que si había algún servicio o alguna emergencia, obviamente esa no era la situación, pero en realidad lo que yo no quería era quedarme solo, pedía que si no podían llegar debido a la comisión en dónde andaban, pues mínimo enviaran a alguien para que estuviera al pendiente.
Al poco rato llegaron los muchachos y les comenté lo que me había sucedido, ya más calmado me puse a pensar que este niño salía de un resumidero que venía de la sala de expulsión, ya que tiempo atrás ahí se efectuaban partos, hace ya muchos años de eso, entonces yo digo que posiblemente era el alma o espíritu de algún feto o un niño fallecido ahí. Pero eso es sólo una hipótesis mía.
Cuando yo lo vi, este pequeño niño se percibía vestido de blanco, como usando una túnica, su cara casi no se podía percibir,  más o menos contaba con una estatua de 50 cm, muy pequeño, y siempre te hacia la invitación a acercarte usando el dedo medio y moviéndolo como diciendo: “Ven”.
Este niño no a cualquiera se le aparecía,  por lo regular sólo esto ocurría cuando en la delegación estaban una o dos persona solas, y ambas personas lograban verlo. Este hecho se estuvo presentando aproximadamente unos siete u ocho años, que fue el tiempo que yo duré trabajando para la Cruz Roja.
Hoy en día me pregunto si el pequeño duendecito, como yo lo llamo, continuará apareciéndose, sería cuestión de platicar con los muchachos que están a cargo de la delegación actualmente, generalmente en este tipo de instituciones de salud, surgen y se pueden ver muchas cosas prácticamente paranormales, que te dan escalofríos y te enchinan la piel porque no sabemos qué es, por que se aparece y sobre todo, el plan en que viene o por quién es enviado.
Gracias, un ex socorrista de la Cruz Roja.

RECUERDO DE UNA PLATICA QUE ME HIZO MI MADRE



     Esta historia verídica me la hizo mi madre, uno de aquellos días de mi juventud.

     Ese día, como muchos otros en la vida de mi madre, la estuve observando mientras ella fumaba cigarro tras cigarro y mirando a la lejanía del interminable horizonte; después de un largo rato de estarla observando no pude contener mi curiosidad y le lancé la pregunta: Mamá, ¿qué tiene?, ¿qué tanto piensa?
     Ella, tardando un poco, como ordenando sus pensamientos, respondió a mi pregunta.
     ¡Ay, hijo! Estoy recordando una plática que me contó mi mamá. Mira hijo te voy a contar.
     Mi madre Sotera era de San Luis Potosí y mi padre, Santiago, era de San Luis de la Paz Guanajuato.
     Un día le dijo  mi papá a mi mamá: “Sotera, prepárate porque nos vamos de aquí, junta lo más indispensable con lo que puedan cargar nuestros burritos; y mi madre sin preguntar nada empezó a juntar lo que pudo de sus pertenencias.
     Él ya tenía ensillados sus animalitos, los cargó con lo preparado por mi mamá y él también cargó algunas de sus herramientas de trabajo, ya que él era jornalero; dejó dos burros sin carga los cuales montarían ellos…
     Sólo tenían una pequeña hija, mi hermana Rosa, así que ayudó a montar a mi madre y ya cuando estaba acomodada cogió mi papá a mi hermana y se la dio en los brazos a mi mamá, luego montó él otro burrito y emprendieron su marcha.
     Días y días recorrieron un camino que parecía interminable, buscando a veces refugio en algún ranchito que en suerte les tocara encontrar para pasar la noche y así poder descansar un poco tanto ellos como sus animales; y a la vez aprovechar para comprar algunos alimentos; los cuales mi madre preparaba como podía, le daba de comer a su niña y ellos también hacían lo mismo.
     Pasaban ahí la noche a orillas del ocasional ranchito y otro día, muy temprano volvía mi papá a cargar sus animalitos, montaban ellos y de nuevo emprendían la marcha, pues cuando no tenían la suerte de encontrar algún ranchito, dormían a la intemperie en pleno monte.
     Así era su diario peregrinar y me contó mi madre que ese viaje le costó muchos miedos, angustias y penas; pues pensaba que algo malo les podía suceder, porque esos caminos eran completamente desconocidos para ellos, y lo mismo le temían a algún animal que a un mal cristiano a o las inclemencias del tiempo.
     También tenía mucho miedo, contaba mi madre, de que alguno de ellos fuera a enfermar, por lo cual, ella siempre que podía rezaba en silencio rosario tras rosario, pidiéndole a Dios y a María Santísima que los ayudara, pues no sabían cual sería su destino.
     Así, caminando, caminando, al paso de aquellos animalitos; a los que también tenían que darles su tiempo para pastar y descansar y buscar algún abrevadero para que sus animalitos y ellos saciaran su sed, aprovechando además, para darse un baño ellos y su pequeña hija Rosa. Todavía su mamá se las arreglaba para lavar alguna ropa que llevaran sucia por el sudor y el polvo del interminable camino.
     Así pasó el tiempo, hasta que un día de muchos que pasaron siempre caminando de sur a norte, sorteando cerros y arroyuelos del accidentado y largo monte, desde el centro de nuestra República Mexicana; llegaron a un arroyo al lado del camino por donde transitaban, el cual era rodeado por algunas montañas al lado norte de ese lugar, y me decía mi madre que ese día llegaron al atardecer, que era un lugar apacible, que allí, después de descansar un rato le dijo mi papá: “Sote, aquí vamos a acampar” y dejándolas en la sombra del barranco del arroyo aquél, mi papá se fue caminando hasta que se perdió en los recovecos del arroyo y al poco rato regresó y contento le dijo a mi mamá: “Sote, Sote, acabo de descubrir un árbol y debajo de ellos un manantial de agua que brota, agua abundante y limpia, muy limpia y fresca” y continuó diciendo: “voy a acarrear las cosas allí más cerquita del agua”. Habiendo terminado de hacer todo ese movimiento se sentó junto a mi madre y a mi hermana y se puso por un rato a pensar, callado, callado; de pronto, me dijo: “ponte a hacer algo de cenar”. Él juntó un poco de leña, cenamos y al poco rato comenzó a oscurecer, él se puso a limpiar un pequeño espacio donde tendieron sus cobijas para aprestarse a dormir; mientras los burros, amarrados a los árboles hicieron lo propio.
      Pasó la noche y otro día, al amanecer, se levantó mi padre y le dijo a mi mamá: “Mira Sote, mientras preparas un café yo voy a tratar de subir a esos cerros y reconocer el monte del otro lado”, y así lo hizo.
     Pasado un largo rato regresó mi padre, almorzaron algo, descansó un poco y de nuevo le dijo a mamá: “Sote, voy a buscar un lugar donde amarrar los burros para que coman un poco y luego volveré a subir a esos cerros ya que del otro lado pude ver algunos pequeños jacales; mientras tú entretente con la niña debajo de esos árboles”.
     A su regreso, mi padre volvió a sentarse junto a mi madre, y guardó silencio, sólo pensaba y pensaba; se paró, tomó un talache y una pala de los que traía, dio varios pasos y se puso a cavar un pozo. “Mira Sote, ¿sabes tú para qué hice este pozo?” y me contó mi madre que a esa pregunta que le hizo mi papá le dio miedo, porque lo vio muy serio y muy triste y que ella no podía adivinar cuáles eran sus intenciones a lo que respondió: “¡Ay, Santiago! Pos yo cómo sé qué piensas hacer.
     Él volvió a quedarse en silencio por un ratito y luego se quitó su sombrero y le dijo: “Mira, Sote, este pozo que ves, es la tumba de los míos, de mi familia que dejamos en mi tierra”.
     “Aquí en este pozo se quedan enterrados todos”. Y lentamente volvió a tapar aquella “tumba” que aparentemente estaba vacía, pero que sin embargo, había quedado llena de los recuerdos de los espíritus de nuestros más allegados familiares.
     Sigue contando mi mamá: Como mi abuelita Sotera guardó silencio le preguntó: Mamá y qué le dijo mi papá, por qué hizo eso, a lo que ella contestó:”Mira hija, en esos tiempos lo que decía y decidía el marido eso se hacía y a mí, como mujer, como su mujer, solamente cuando él me platicaba algo yo lo escuchaba y nada más le preguntaba algo cuando pensaba yo que él iba a contestar algo, menos no”.
     Bueno hija, pues junto a aquel manantial, mi “Chago” se puso a juntar un poco de leña, hizo fuego y me puse a hacer algo de comer, pasando el resto del día en ese bonito lugar, donde nuestra hija se divertía solita, jugando con algunas piedritas del arroyo junto a aquel manantial de agua limpia y fresca.
     Al día siguiente, al despuntar el alba, nuevamente Santiago fue de nuevo , subió los cerros y pasó del otro lado, llamó a algunas gentes de la orilla de aquel caserío y cuando regresó me contó que había pedido permiso de acercarnos a las casas y que se lo habían concedido, fue entonces que me dijo: “Voy a ensillar los animales y pues, nos iremos junto a esos jacalitos, donde platiqué, como te digo, con algunas personas del lugar y parece que son buenos cristianos, porque les platiqué en pocas palabras de dónde venía y con quien venía, por eso te digo que son buenas personas; porque les dije que te había dejado a ti y a la niña del otro lado de los cerros en el arroyo y que traíamos unos burritos con nuestras cosas y yo me animé y les dije a unos señores grandes que si nos daba arrimo, porque la verdad ya me quedaban unas cuantas monedas que valían muy poco, que lo hicieran por la niña y por ti, que aunque fuera junto a su corral de los animales, sirve que allí amarraba los míos y me dijeron que sí.
     Y me dijo: “Ándale, Sote, déjame cargar los animales y nos vamos”, y así lo hicimos.
     Llegamos, y aquellas gentes nos prestaron un pequeño jacalito; Santiago y yo empezamos a hacer amistad con aquella gente y les platicamos cómo nos habíamos salido de nuestra tierra y así, con lo poco que teníamos nos vinimos y que antes no nos habíamos animado a pedir arrimo en ningún otro lado, hasta aquí.
     Santiago, ya con un poco más de confianza les preguntó qué lugar era éste, a lo que las gentes contestaron que se llamaba “El Ojo de Agua”; por la misma agua que brotaba en el arroyo donde habíamos acampado.
     Él preguntó que si habría trabajo cerca, y las gentes le dijeron que sí, que allí en “El Ojo de Agua” algunos se dedicaban a las labores del campo, a sembrar ya que el lugar era muy llovedor y que se daban buenas cosechas; pero que más abajo, como a dos o tres leguas después de pasar el monte, más al norte había una hacienda que se llamaba “Hacienda del Rosario” y que junto a ella había una fábrica donde hacían telas de algodón, que tanto la fábrica como la hacienda eran de unos señores muy ricos que se llamaban “Los Madero” y que en las tierras de ellos ocupaban mucha gente.
     Fue así como al poquito tiempo mi papá le pidió permiso al juez del barrio, aconsejado por algunas gentes para que le permitiera construir un “jacalito” para él y su familia y sí lo logró, así armó su jacalito junto al arroyo, al lado había una palma, allí mero hizo su jacal y que precisamente el callejón se llamaba de “La Palma” por ese árbol que se encontraba allí, y que en la otra orilla del mismo callejón, hacia el poniente, había unas familias que se apellidaban “Luna”, que uno de ellos se llamaba Don Prisciliano” y el otro se llamaba “Don León Luna”.
     Con el paso del tiempo, en ese lugar nacieron otros dos hijos de Don Santiago y de Doña Sotera y allí en ese lugar hicieron sus vidas, ya que su papá consiguió trabajo en la fábrica, lo ocuparon en la caldera y que dicha caldera la alimentaban en ese tiempo con leña.
     Así fue como nuestra familia se quedó a vivir para siempre en este lugar, donde crecimos y formamos nuestras propias familias y donde mis hermanos también trabajaron en la fábrica.